Si no estamos fallando, no está pasando nada.

A lo que más le temí en 2020, ya sucedió en 2021…

Existe un miedo colectivo y claramente personal a fallar; el sistema educativo y nuestros padres nos vendieron la idea de que fallar esta mal: perder la carrera, tener malas notas, perder el año, fallar en escoger una pareja, divorciarse , incluso enfermarse; que quién te gustaba te dijera que no o te rechazara en muchas ocasiones era motivo de burla y por eso nos enseñamos a toda costa a evitar actuar.

Como consecuencia, tras años de toma de decisiones en nuestro subconsciente, ante la más mínima sospecha de falla preferimos dar un paso atrás y no actuar para evitarnos el desazón de fallar.

Lo más terrible, es que cuando fallamos (porque no es inevitable… pasa y seguirá pasando mientras estemos vivos) se ha convertido en algo tan desconocido que parece en nuestro corazón y en nuestra mente estuviéramos cometiendo un pecado.

Mi invitación: quitémosle el poder al miedo de fallar, y fallemos más seguido (eso sí conscientemente), limpiémonos las rodillas, levantémos la frente, sonriamos y pa’ lante que pa’ atrás ni para coger impulso.

De esta saldremos juntos…